Columna

Bowie, el gran transformador

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A diez años de su muerte, un recorrido por las múltiples mutaciones de David Bowie, artista inquieto y multifacético que hizo de la transformación artística una forma de vivir.

Desde ya no está de más aclararlo: no pretendo ponerme en el lugar del biógrafo ni del fan experto de David Bowie para escribir una revisión histórica exacta y definitiva. Para eso ya existen documentales y libros firmados por grandes directores y escritores. Esto es apenas una pincelada. Un recorrido posible, pensado como puerta de entrada para quienes solo lo conocen de nombre y para que nuevas generaciones puedan sentir la curiosidad de meterse en su obra y descubrirla en profundidad.

David Bowie fue, ante todo, un creador que se movió con naturalidad entre distintas disciplinas. La música fue su eje, sí, pero nunca su único territorio. Cantautor, arquitecto de personajes, explorador de géneros, también actor de cine y teatro, figura clave de la moda, diseñador de su propia imagen, artista visual interesado en la pintura, la fotografía y la escritura. No como hobbies paralelos, sino como partes de un mismo proyecto: construir identidades, climas y mundos. Más que un músico que probó otras cosas, Bowie fue un camaleón creativo que entendió el arte como un todo en permanente mutación.

Murió el 10 de enero de 2016, apenas dos días después de haber cumplido 69 años: había nacido el 8 de enero de 1947. A diez años de su partida, lo que permanece no es el mito sino la obra. No hace falta hablar de genio ni de visionario adelantado a su tiempo, ni subirlo a ningún bronce. Su vigencia tiene otra explicación, más simple y más profunda: Bowie fue un artista único, personal, con una mirada singular sobre el ser humano, la identidad, el deseo y la diferencia. Una obra atravesada por la curiosidad como motor creativo, por la necesidad constante de experimentar, de correrse de los límites, de no repetirse. Y cuando esa búsqueda es auténtica, no envejece.

Desde la transgresión del glam rock y la invención de alter egos como Ziggy Stardust o el Delgado Duque Blanco, pasando por sus cruces con el soul, el funk, la electrónica y el art rock, hasta su etapa más introspectiva y oscura en los años finales, Bowie no dejó de transformarse. Pero esas transformaciones no fueron solo musicales: también se dieron en su forma de habitar el cuerpo, la escena, la moda, el cine. En sus vínculos creativos con figuras como Brian Eno, Iggy Pop, Carlos Alomar o Gail Ann Dorsey, en sus bandas mutantes, en su manera de entender la colaboración como parte del proceso.

Esta columna no busca ordenar su carrera en un ranking ni señalar “los discos que hay que escuchar”. La idea es otra: recorrer algunas de sus etapas, sus cruces, sus cambios, ponerlas en contexto, mostrar cómo cada mutación dialogó con su tiempo y, al mismo tiempo, lo desbordó. Una invitación a mirar, escuchar y volver a mirar. A descubrir que detrás del nombre famoso hubo un artista inquieto, siempre en movimiento, que hizo de la transformación una forma de pensar el mundo y de pensarse a sí mismo.

Si hay una idea que atraviesa toda su obra es la de la identidad como algo en movimiento. Bowie no usó personajes para esconderse, sino para explorar. Cada alter ego fue una forma de dialogar con su tiempo, de leer el clima cultural de cada época y, al mismo tiempo, de correr un poco más los límites de lo que el rock, el pop y la figura del artista podían ser. Con el paso de los años, tanto el público como la prensa empezaron a llamarlo “el camaleón del rock”, no como una etiqueta simpática, sino como una constatación: nadie cambiaba tanto, nadie mutaba con tanta naturalidad de sonido, de imagen y de discurso sin perder identidad.

Sus transformaciones no fueron simples cambios de look ni estrategias de marketing. Fueron capítulos de una misma búsqueda creativa, una manera de pensar el cuerpo, el deseo, la fama, la soledad y la diferencia a través de la música, la escena y la imagen. Vistas en perspectiva, esas máscaras componen un relato continuo: una biografía contada a través de personajes.

Algunas recomendaciones para quienes se interesen en empezar a entrar en el universo artístico de Bowie y recorrer, por primera vez, sus distintas mutaciones

1. Londres y la búsqueda (mediados de los 60)

David Jones / El aprendiz

Antes de ser Bowie, fue un joven artista en el Londres del Swinging Sixties, formado en música, mimo y teatro con Lindsay Kemp. Todavía sin personaje definido, ya estaba obsesionado con la identidad como construcción. Observaba, absorbía, probaba. El germen de todos sus futuros alter egos nace acá: la idea de que uno puede inventarse.

2. Glam Rock – Ziggy Stardust (1972–1973)

Ziggy Stardust, el mesías extraterrestre

Con el rock buscando nuevos lenguajes tras el agotamiento de los 60, Bowie crea a Ziggy: andrógino, alienígena, estrella pop condenada. Música, vestuario, sexualidad y ciencia ficción forman una obra total. El personaje le permite explorar fama, deseo y decadencia como teatro.

3. Soul y América – The Plastic Soul Man (1974–1975)

El Bowie soul, urbano, sensual

En Nueva York se sumerge en la música negra con Young Americans. Deja el espacio y baja a la calle: cuerpos, groove, sexualidad explícita. El personaje ya no es un alien sino una figura de carne y exceso.

4. Crisis y fractura – The Thin White Duke (1976)

El Delgado Duque Blanco

Elegante, frío, europeo, casi espectral. Un personaje atravesado por la adicción y el vacío. Estética minimalista, emocionalmente distante. Aquí la identidad se vuelve peligrosa: Bowie casi se pierde dentro de su propia máscara.

5. Berlín – El artista en reconstrucción (1977–1979)

Bowie / Anti-estrella (con Brian Eno)

En la trilogía berlinesa (Low, Heroes, Lodger), junto a Brian Eno, abandona el personaje visible y se convierte en laboratorio sonoro. Electrónica, fragmentación, introspección. No hay ego glam: hay reconstrucción.

Bowie Berlín

6. Superstar global – El Bowie pop (años 80)

El ícono MTV

Con Let’s Dance llega la fama masiva. Imagen pulida, hits, cine, moda. El personaje es él mismo como figura pop total. Colaboradores como Carlos Alomar consolidan ese sonido elegante y accesible.

7. Mutaciones noventeras – El Bowie experimental (1990s)

El explorador

Industrial, electrónica, arte contemporáneo. Rechaza la nostalgia, dialoga con nuevas generaciones. Gail Ann Dorsey en bajo y voz marca una nueva identidad sonora y escénica. No hay personaje fijo: hay mutación constante.

8. El cierre – El hombre frente a su final (2013–2016)

El Bowie consciente

Con The Next Day y Blackstar vuelve desde el silencio. Ya no crea un alter ego para escapar, sino para despedirse. El arte como última transformación, el cuerpo como escena final.

 

Algunas recomendaciones para quienes se interesen en empezar a entrar en el universo artístico de Bowie y recorrer, por primera vez, sus distintas mutaciones sonoras y estéticas.

  • The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972)
    El Bowie glam, teatral y conceptual. Canciones perfectas y un personaje que hizo historia.

  • Young Americans (1975)
    Su etapa soul y urbana, con groove, sensualidad y mirada puesta en la música negra.

  • Station to Station (1976)
    El Delgado Duque Blanco: elegancia, oscuridad y transición hacia un sonido más europeo.

  • Low (1977)
    Primer capítulo de la etapa berlinesa junto a Brian Eno. Ruptura, electrónica, introspección.

  • “Heroes” (1977)
    El costado épico de Berlín, con una de sus canciones más emblemáticas.

  • Let’s Dance (1983)
    El Bowie pop y masivo, sin perder sofisticación, producido por Nile Rodgers.

  • Earthling (1997)
    Su inmersión en la electrónica y el drum & bass, dialogando con la cultura rave y el rock industrial de los 90.

  • Reality (2003)
    El Bowie del rock alternativo y el regreso a la banda como formato, con canciones directas y mirada contemporánea.

  • Blackstar (2016)
    Su despedida artística: experimental, inquietante y profundamente consciente.

Y como bonus track, dos películas para ver a Bowie en su faceta de actor y un Dvd  para  verlo  sobre el escenario  actuando en  vivo.

The Man Who Fell to Earth (1976, Nicolas Roeg)

 

  • Labyrinth (1986, Jim Henson)

  • Reality Tour (2003)
    El Bowie del rock alternativo, con banda sólida, recorrido por distintas etapas de su carrera y una puesta en escena sobria. Ideal para entender por qué, más allá de los disfraces, siempre fue un artista de escenario.

 

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