A los 70 años falleció el director húngaro Béla Tarr, figura central del cine europeo contemporáneo y creador de obras como Sátántangó y El caballo de Turín.
A los 70 años falleció el director húngaro Béla Tarr. La noticia fue confirmada por el cineasta Bence Fliegauf a la agencia MTI, en nombre de la familia, y luego ampliada por la European Film Academy, institución de la que Tarr era miembro desde 1997. Según el comunicado oficial, murió tras una larga y grave enfermedad.
Béla Tarr fue uno de esos directores que llevaron el cine hasta sus últimas consecuencias. Un autor sin concesiones, ajeno a la urgencia y al ritmo del mercado, que construyó una filmografía radical y coherente, pero nunca encerrada en el mero experimento. Su cine fue exigente, ambicioso y profundamente político, aunque no siempre de forma explícita.
Su obra más conocida es Sátántangó, adaptación de la novela de László Krasznahorkai, con quien mantuvo una de las colaboraciones más sólidas del cine europeo contemporáneo. El reciente Premio Nobel de Literatura recibido por el escritor volvió a poner a la película en circulación y despertó nuevo interés en una obra tan extrema como singular: siete horas y media, en blanco y negro, siguiendo la descomposición moral y social de un pequeño pueblo húngaro, en plena caída del comunismo en Europa del Este.
La alianza Tarr–Krasznahorkai no fue un hecho aislado. El escritor participó como guionista y dramaturgo en varias de sus películas, y juntos construyeron un universo propio, áspero y desesperanzado, pero también hipnótico. En total, Tarr dirigió once largometrajes, pocos en cantidad, enormes en influencia.
Otra de sus obras más celebradas es El caballo de Turín (2011), su despedida del cine. La película sigue la rutina diaria de tres personajes —incluido un caballo— en un entorno rural castigado por el viento y la escasez. Tarr lleva su estilo al límite: planos largos, repetición de acciones, tiempo real. Una escena de diez minutos dedicada a pelar papas resume su poética, emparentada con el rigor de Chantal Akerman en Jeanne Dielman, pero con una carga existencial todavía más sombría.
La muerte de Béla Tarr no es solo la despedida de un director fundamental. También marca el final de una forma de entender el cine: la de un autor del siglo XX, convencido de que el tiempo, el silencio y la espera todavía podían decir algo esencial sobre el mundo.