Bad Bunny llevó Latinoamérica al corazón del Super Bowl, en un show atravesado por la identidad y la resistencia cultural frente al clima político impulsado por Donald Trump.
El Super Bowl hace tiempo dejó de ser solamente el mayor espectáculo deportivo del año. Hoy funciona como una plataforma central del poder cultural estadounidense, un escenario donde se ordenan relatos, se legitiman discursos y se construyen sentidos comunes a escala global. Por eso, cada elección artística que ocurre en su entretiempo tiene un peso político inevitable. Y en este 2026, el Halftime Show protagonizado por Bad Bunny fue, ante todo, una intervención cultural directa en el corazón del sistema.
En un Estados Unidos atravesado por el endurecimiento de las políticas migratorias, el crecimiento del discurso de odio y la persecución sistemática hacia la comunidad latina impulsada por el actual gobierno de Donald Trump, montar un espectáculo íntegramente en español, con identidad caribeña, estética popular y narrativa migrante, no fue un gesto neutro. Fue una toma de posición clara. Un acto de ocupación simbólica del escenario más visto del planeta.
La actuación llegó, además, en un punto clave de la carrera del artista puertorriqueño. Días antes, había hecho historia al ganar el Grammy a Álbum del Año por Debí tirar más fotos, convirtiéndose en el primer músico en lograr ese reconocimiento con un disco completamente en español. El Super Bowl selló esa semana perfecta con otro hito: primer artista masculino latino en encabezar el Halftime Show. Pero más allá de las marcas individuales, lo relevante fue el modo en que utilizó ese capital simbólico.
Desde la apertura, el show estableció su tono político-cultural. La introducción en español, ambientada en campos de caña, activó una memoria colectiva que conecta trabajo rural, herencia colonial y migración forzada. No hubo traducción ni concesiones: el mensaje fue directo. La identidad no se negocia.

El recorrido escénico avanzó por imágenes cotidianas de la vida latinoamericana: carritos de comida callejera, partidas de dominó, salones de uñas, talleres mecánicos, entrenamientos de boxeo. Un mosaico barrial casi ausente del gran relato cultural estadounidense, pero central en su economía real. La escena funcionó como un acto de visibilización política sin subrayados, recordando quiénes sostienen, en silencio, buena parte del funcionamiento cotidiano del país.
En el núcleo del montaje apareció la casita, símbolo recurrente en sus shows y verdadera clave conceptual del espectáculo. Una vivienda humilde, convertida en bandera contra la gentrificación, el desplazamiento urbano y la pérdida de identidad comunitaria. Allí desfilaron figuras como Pedro Pascal, Jessica Alba, Karol G, Cardi B, Young Miko y Alix Earle, integradas sin romper la lógica narrativa. No fueron cameos: fueron cuerpos latinos ocupando el centro del poder simbólico global.

El viaje musical evitó el formato de popurrí para construir una narrativa coherente. Tití me preguntó, Yo perreo sola, Mónaco, El apagón y DtMF se sucedieron como estaciones de un mismo recorrido cultural. Reggaetón, salsa, trap y tradición caribeña convivieron sin jerarquías, delineando un mapa sonoro que reflejó tanto la diversidad como la continuidad de la identidad latina.

La participación de Ricky Martin con Lo que le pasó a Hawaii y la aparición de Lady Gaga, versionando Die with a Smile en clave salsera, reforzaron ese cruce estético, desplazando por completo la centralidad anglo del espectáculo y consolidando una narrativa donde lo latino dejó de ser complemento para convertirse en eje.
El tramo final terminó de fijar el sentido político del show. Con un balón que llevaba la inscripción “Together, we are America” y una pantalla gigante proclamando “The only thing more powerful than hate is love”, Bad Bunny dejó un mensaje directo en un contexto marcado por redadas migratorias, deportaciones exprés y discursos oficiales de exclusión. El cierre con “Seguimos aquí” sonó menos como consigna que como afirmación colectiva.
En el Super Bowl 2026, Bad Bunny no solo dio un show: ocupó un territorio históricamente vedado y lo llenó de Latinoamérica. Y en el clima político actual de Estados Unidos, eso es mucho más que un logro artístico: es un pedido de reconocimiento y respeto a la comunidad latina que vive en Estados Unidos.